Carlitos no era un niño malo, ni egoísta. Era como cualquier otro niño de su edad, solo que su familia era adinerada. Para él nunca fue un problema, no solo porque le gustaba compartir con sus compañeros sino, también, porque su papá siempre le enseñó que las cosas se tienen que obtener con trabajo y esfuerzo.
Habían 2 cosas que volvían loco a Carlitos: ir al estadio y los caballos. Lo primero lo hacía siempre con su camiseta de la “U”; lo segundo, acompañado de su padre… si hubiesen visto la cara del niño cuando le regalaron por primera vez un caballo, quizás entenderían su amor por los equinos.
Fue madurando y comenzó a crecer en él un sueño de navidad, el sueño de ser alguna vez futbolista. Pero nunca lo fue.
Su primer sueño se frustró porque simplemente habían otros mucho mejores que él.
Su segundo sueño fue ver, al menos antes de morir, al equipo de sus amores siendo campeón. Y lo logró. En el año 1994 vio como la “U” salía campeón después de muchos años.
Su tercer sueño, fue mucho más ambicioso. Quería ser dueño de la U, quería decirles qué hacer a los 11 hombres que corrían en la cancha cada partido.
Cuando se lo contó a su padre, este le dijo que la U no tenía dueño, ni siquiera los jugadores lo eran. Que mejor se dedicara a los caballos, que el fútbol nunca podría ser domado a menos que sean los propios futbolistas los que decidan hacerlo. Como Maradona. Pero Carlitos insistió.
Lo que nunca entendió, fueron esas palabras que le había dicho su padre. Nunca entendió que cuando te haces dueño de algo, a alguien le deja de pertenecer.
Y la “U” comenzó a perderlo todo, y lo que no perdió, lo empató.
Aun no es tarde. Todavía Carlitos puede devolver la “U” o cambiarle el rumbo. Y quizás con eso, la “U” sea libre, y corra tan fuerte que no habrá caballo que la alcance.
Por Alexi Vergara Q. / @AlexiVergaraQ , para www.100x100azules.cl
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